Eternas flores de la vanidad

La palabra „vanidad“ en su sentido original y etimóogica con respecto a su prcodencia latina, denominaba la caducidad y falta de sustancia de las cosas de este mundo.

En el arte, sobre todo en la pintura, la vanidad  denomina a un tipo de bodegones (calaveras, velas, relojes, flores marchitas y otras entidades simbólicas de la muerte) que tematizan el carácter efímero y la fugacidad de toda actividad humana.

En mis recuerdos de infancia los cementerios eran lugares extraños donde hasta un niño de escasos años podía experimentar, ver e incluso oler la caducidad de toda vida: flores marchitas yacían sobre las tumbas, colgaban de los nichos o se esparciaban por los caminos de arena.

Miles de gorriones en nubarrones grisaceos, moscas multicolores y avispas de tamaño aterrador, aterrizaban sobre los restos marchitos y pisoteados, buscando algo de comer o simplemente para beber la escasa agua de algún charco.

En mi reciente visita al cementerio principal de Huelva, comprobé con algo de tristeza que esto ya no es así: las flores son todas de plástico. Algunos ramillos están empotrados en el mismo nicho.

No huelen, después de 30 o 40 años solo están un poco descoloridas. Privados de su fugacidad, adornan al difunto mucho después de su desaparición y olvido y, quizás, incluso a sus sucesores en aquel último lecho.

Ni rastro de los pájaros, ni de las moscas multicolores ni siquiera de las avispas aterradoras.

Es Arte. Tómate tiempo