DDR 1990

Era una mañana fría y de llovizna típica de Berlín en noviembre, cuando decidí dejar el evento que me había llevado hasta la actual capital alemana, que en los 90 aún no lo era.

La ciudad consistía en los 80 en un conglomerado de barriadas más o menos abandonadas a su suerte. Todo muy de izquierdas, muy sucia en comparación con otras ciudades de la Alemania Occidental: un mundillo de ocupas, punks y toda clase de artistas sin éxito, así como otros prototipos de la movida nocturna, que solo existían aquí, ya que era la única urbe alemana que presumía de no tener hora de cierre en los bares. Esta mezcla de individuos muy específicos se debía en gran parte a que los habitantes de Berlín, ciudad desmilitarizada por los aliados después de la guerra, no tenían que acudir al servicio militar, que por aquel entonces era obligatorio en el resto de la Alemania Federal. Todo hombre que quería evitar este servicio al Estado tenía la posibilidad de mudarse a Berlín, y fueron muchos los que se inclinaron por esta opción.

En fin, era una ciudad más bien aburrida, si no se te daba por las drogas en general o por el alcohol barato en especial. Su carácter como isla democrática en todo el centro de la Alemania comunista la hacía de difícil acceso: los controles en las dos autopistas de tránsito para llegar a la ciudad desde Alemania Federal eran temerosos, y los obligatorios pasos fronterizos que había que pasar para acceder a la ciudad eran desesperantes.

Todo cambió de un día otro. Ya en 1998 habían caído los puestos fronterizos. En consecuencia había libertad de movimientos en todos los sentidos, tanto como para los alemanes del Oeste, como para los del Este. Antes de los estremecedores acontecimientos del año 98, estos últimos no podían acceder siquiera al otro lado sin permiso especial de las autoridades comunistas.

Aprovechando esta nueva libertad de movimiento, de la cual nadie sabía con certeza si iba a ser duradera, decidí coger el coche y salir de la ciudad en dirección norte, al Mar del Este. Wismar ó Rostock eran los posibles destino. Finalmente me decidí por Wismar, por ser mas pequeña y estar más cerca de Hamburgo, que sería mi destino final.

Tengo que confesar, que en ningún momento tuve presente la dimensión histórica de este acto: salir de Berlín, la cuidad isla, pasar por los desolados controles fronterizos de lo que todavía era la RDA (República Democrática Alemana), es decir traspasar el telón de acero sin el más leve roce burocrático; desde el punto de vista actual, era todo una hazaña. La omnipresencia de las autoridades socialistas había desaparecido, dejando atrás un sinfín de gigantescos carteles glorificando los alcances del Partido (SED) y la fraternidad con la amada Rusia, garantía de una paz socialista eterna.

Apenas había dejado atrás la antigua y a su vez futura capital, me sumergí en el mundo rural de Mecklenburg-Vorpommern. La lluvia caía leve, pero persistente, sobre las calles adoquinadas de los pueblos y aldeas que pasaban por mis ventanillas. Los colores predominantes eran el marrón y el gris en su amplia gama de tonalidades. El gris era el color preferido de estos paisanos, al parecer. Prácticamente no existía otro tinte para las casas, cortijos o coches. Las calles adoquinadas estaban por la lluvia completamente cubiertas de lodo. Al pasar por los charcos las ruedas salpicaban a las paredes colindantes con un lodo espeso de color pardo. Al nivel de un metro todas estas fachadas pasaban del inevitable gris al marrón, en un corto degradado de salpicones y goteras, como si al pueblo entero lo hubieran mojado en café hasta esta altura.

Partiendo del Pueblo de Rheinsberg, en dirección Wittstock, que quedaba al camino de la ciudad costera de Wismar, me perdí.

Eran tiempos sin GPS ó Smart-Phone. El mapa de carreteras que llevaba, no era muy detallado para con estos pueblos perdidos de la República Democrática Alemana o, bien en sus siglas oficiales, “DDR”.

Siguiendo la carretera que me parecía mas prometedora, surgió de repente una barrera con su correspondiente soldado, metralleta en mano, que me dio el alto. Paré un poco asustado, ya que a estas alturas históricas del año 1990, nadie sabía con certeza si no se formaría la de Dios entre los rusos y los americanos.

El chico de la Kalashnikow se acercó a mi ventanilla y me preguntó, con el acento duro que suelen imprimir los rusos al alemán, dónde quería ir. Yo, muerto de miedo de terminar como una víctima más del conflicto Este/Oeste, le contesté la verdad -no sin ocultar antes, a gran velocidad, con mi chubasquero la camera que se encontraba en el asiento del copiloto-, que me dirigía a Wittstock, que me había perdido y que si me podría indicar el camino.

El soldado se alejó del coche sin más, subió con una manivela el palo, dándome señales con la mano libre de seguir adelante. Cuando lo pasé con expresión confusa, me dijo o gritó, a lo mejor, algo entremedio con una voz alta: que sí, que sí, que a Wittstock siguiera todo recto.

Incrédulo, subí la ventanilla y seguí el camino indicado sin quitar la mano del chubasquero.

Al cabo de unos minutos me tranquilicé hasta el punto de poder encenderme un cigarrillo con la mano del chubasquero.

Se trataba de un paisaje extraño, desolador y hasta cierto punto surrealista.

Una amplia pista de barro con huellas de oruga llevaba a un bosquecillo cercano y lo cortaba en dos con un ancho tajado. La fangosa pista o carretera rural bordeaba numerosos postes de hormigón pintados en blanco y negro; algunos de ellos en un angulo de 45 grados, la mayoría verticales. En el horizonte que aparecía al dejar atrás aquel minúsculo bosquecillo se extendían estructuras incomprensibles de estos postes que limitaban los espacios virtuales entre ellos.

De vez en cuando cruzaba un camión del ejercito ruso o algún vehículo acorazado mi camino.

La verdad es que era una impresión tan aterradora, que al principio no me atreví a hacer fotos. Descarté por completo fotografiar a los soldados o tanques o, “queseyo” militar que aparecía en mi trayectoria, pero esos postes sumando el gris del paisaje y lo absurdo de la situación, despertaron mi inquietud. Disimuladamente ralenticé la velocidad, cogí mi cámara e hice algunas tomas desde el coche en movimiento.

Hay que recordar que eran tiempos analógicos, que la sensibilidad de las películas usadas no era muy altas, y que las fotografías desde un objeto en movimiento casi siempre salían borrosas y movidas. Para evitar alguna decepción de este tipo, después de revelar la película, cosa que era bastante frecuente en aquellos tiempos, decidí parar al borde de la pista. Lo hice varias veces, siempre muy atento de que no me viera ningún soldado, o en las cercanías de uno de los varios puestos centinelas que me encontré por el camino.

Regresado a casa, revelé las películas. Le verdad es que no tenía mucha esperanza de que hubiera salido algo bueno o relevante para mi trabajo artístico. Las condiciones eran muy desfavorables y difíciles, y yo había estado demasiado nervioso como para concentrarme, algo esencial, desde mi punto de vista, para realizar un buena serie fotográfica.

Después del primer revisado de las copias de contacto, decidí realizar una manipulación en el proceso de ampliación y revelado en papel para reflejar algo de la dramática experiencia.

Esta manipulación consistía en poner un papel de cebolla semitransparente sobre el papel fotográfico antes de proyectar el negativo para la exposición (tengo claro que esta información solo es útil para alguien que tenga una idea del procesado analógico de la fotografía, y a aquellas personas me dirijo). Frotando levemente el papel de cebolla se adhería, más o menos parcialmente, al papel fotográfico. Las zonas adheridas no difundían la proyección y la imagen salía esta área nítida. En cambio las zonas no adheridas difundían la luz de la proyección y, según la distancia al papel fotográfico, generaban borrosidades más o menos apreciables.

El resultado fue, y aquí ya me dirijo otra vez a aquellos que no tienen este conocimiento especifico, que las copias en papel tuvieron zonas borrosas y nítidas y estas se podían manipular con bastante exactitud por el proceso aquí descrito.

Este efecto, según mi opinión, le da un carácter mas onírico a estas fotografías y concuerdan mejor con mi impresión de aquel momento histórico que las ampliaciones iniciales sin manipular.

Es Arte. Tómate tiempo