La maquina de tiempo

Este trabajo es a lo mejor uno de los menos usuales de mis últimos años como artista. Nunca me he visto como fotógrafo de reportaje. Es más, me he resistido siempre a ofertas de este tipo por parte de revistas.

Un amigo me contó que había comprado en el casco viejo en una ciudad del sur de Alemania una casa muy antigua de 5 plantas para renovarla y alquilar los pisos. Todo estaba en pésimo estado ya que en las ultimas décadas no se había hecho ningún tipo de reforma.

Una de estas viviendas estaba alquilada por emigrantes turcos desde hace más de una cuarentena de años y que todavía se encontraba en el mismo estado que en aquellos remotos tiempos.

Una cosa muy interesante y, que si lo deseaba, podría echarle un vistazo y quizás hacer alguna que otra foto de esta curiosidad.

Los ancianos inquilinos volvieron hace ya más de una década a Turquía, pero puesto que sus hijos siguen viviendo en Alemania, han mantenido la estancia para los días que vienen de visita.

Este amigo, como casero con el proyecto de reforma que se iba a realizar a corto plazo, tiene una llave y con ello acceso a la vivienda. Le prometí que si hacia algunas fotos no las publicaría hasta ya fallecidos estos señores.

Ya han transcurrido varios años desde que hice estas fotografías y posiblemente rompo con mi promesa ya que no tengo contacto con este amigo y no sé a ciencia cierta, si aquellos ancianos siguen con vida. A pesar de esto, me he inclinado a publicarlas porque creo que estas imágenes son documentos históricos de interés publico.

A mi opinión, este “interés publico” se puede situar perfectamente en Andalucia, donde en los años cincuenta y sesenta del último siglo, muchos se vieron obligados a emigrar, al igual que estos señores procedentes de Turquía.

Entre aquellos también se encontraba mi padre, que se acomodó a final de los cincuenta en el sur de Alemania, en un piso muy parecido al que aquí muestro; con calefacción y cocina de carbón, muebles usados y destartalados, poca luz (en invierno casi ninguna) y, en su caso, sin baño ni ducha. El servicio se encontraba en el descansillo de la escalera y era comunitario para los vecinos de esa planta.

Se llevó bastantes años habitando este alojamiento. Ya casado y con niños pequeños le cedieron finalmente un piso moderno de protección oficial.

Todavía me acuerdo de la cocina, de los butacones, de mi madre encendiendo el carbón en la estufa, tratando desesperadamente de calentar aquello un poco, por lo menos que se derritiera el hielo que tenían las ventanas por dentro.

Mucho tiene en común estas dos situaciones, la aquí presentada y la mía vivida, aunque, en mi caso, una cruz de madera oscura decoraba la cocina en vez de la alfombra de la Hagia Sofia y el retrato de Cemal Atatürk.

Tómate tiempo. Es arte.